El despliegue del grupo de ataque del portaaviones USS Abraham Lincoln en la zona de responsabilidad del Comando Central de EE. UU. ha agudizado la percepción de que una confrontación más amplia con Irán se está gestando. Esta movilización subraya la cercanía actual entre Washington y Teherán para un enfrentamiento directo, especialmente en el contexto de la violenta represión de las protestas internas en la República Islámica, según reportes internacionales.
Los líderes iraníes enfrentan una presión dual: un movimiento de protesta que exige cambios radicales internos y la ambigüedad estratégica del presidente estadounidense, lo que alimenta la ansiedad regional. A diferencia de enfrentamientos previos, cualquier ataque estadounidense en este momento, marcado por una tensión interna excepcional, conlleva un riesgo significativamente mayor de escalada rápida, tanto a nivel regional como dentro de Irán.
Históricamente, Teherán optó por represalias calculadas para señalar determinación sin provocar una guerra abierta. Tras un ataque a instalaciones nucleares en junio de 2025, Irán respondió con misiles en Catar, pero supuestamente proporcionó advertencia previa, minimizando bajas. Un patrón similar ocurrió tras el asesinato del comandante Soleimani en enero de 2020, con un ataque a la base AIN al-Asad en Irak que también incluyó previo aviso.
El momento actual difiere marcadamente, pues Irán lidia con la ola de malestar interno más seria desde 1979, que resultó en una represión violenta y un apagón de internet de más de dos semanas. Aunque las autoridades culpan a grupos externos, la brecha entre la sociedad y el sistema gobernante parece profunda, y la calma actual es impuesta, no negociada.
La naturaleza de un potencial ataque estadounidense se vuelve crucial, ya que un ataque limitado podría ser usado por el régimen como pretexto para una nueva ola de represión interna contra manifestantes detenidos. Por otro lado, una campaña amplia que debilite significativamente al Estado podría empujar al país hacia el caos y una inestabilidad prolongada con efectos de contagio regional.
En respuesta a este entorno, comandantes de alto rango y funcionarios políticos han advertido que cualquier ataque de EE. UU., independientemente de su escala, será tratado como un acto de guerra. Estas declaraciones han generado inquietud en los estados del Golfo que albergan fuerzas estadounidenses, ya que una respuesta rápida iraní los pondría en riesgo inmediato.
Washington también enfrenta restricciones, dado que el presidente ha advertido a Irán sobre la violencia contra los manifestantes, elevando expectativas internas. Ambos lados son conscientes de la debilidad militar relativa de Irán y la reticencia de EE. UU. a un conflicto abierto, pero esta conciencia mutua podría generar peligrosas percepciones erróneas sobre los límites del otro.
El modelo anterior de represalia simbólica podría no ser suficiente si los líderes iraníes perciben la necesidad de una respuesta rápida para restablecer la disuasión externa y el control interno. Sin embargo, una acción veloz incrementa el riesgo de un error de cálculo que arrastre a actores regionales a un conflicto costoso, llevando la confrontación a un punto crítico.